martes, 1 de febrero de 2011

Mierda bajo la tormenta

Sólo de un necio se espera que baje al abismo del olvido con zapatos de tacón; ya es dura de por sí la consciente bajada, más aún lo será caer debido a un tropiezo. Precipita la esperanza de encontrar luz al final de un turbio túnel putrefacto al que has llegado por no llevar un mapa o, peor aún, por llevarlo y no seguirlo. En ocasiones la aventura depara bellos destinos; sin embargo, es arduo darse cuenta de que tus ansias de prueba eran erróneas, y que el transcurso del tiempo es pesado y mezquino.
No siempre llueve a gusto de todos, pero... ¿y si hay tormenta? Cierto es que tras ésta, viene la calma, ¿o acaso la precede? Sea como fuere, no puede uno alegrarse de recibir los endiablados rayos lanzados por Zeus en su cara. Vendrán tiempos mejores, sí, pero... ¡joder! qué mal se pasa antes de que lleguen.
Un caballo de madera no anda, por mucho cariño que profeses a la criatura; pregunten si no a los troyanos qué opinan sobre dicho tipo de montura. Las sorpresas llegan independientemente de que uno las aprecie o no; y no siempre son agradables, ¿debemos mantener una sonrisa aun así? ¿Debemos quizá soportar las heces que caen del cielo? ¿Tragarlas o sacar un paraguas?
Vaya cantidad de dilemas se le plantean a uno cuando ha de dedicar todo su tiempo a quehaceres desagradables. "No deseo hacerlo"; "no quiero hacerlo"; "¡no voy a hacerlo!", dijo antes de ponerse a ello. Efectivamente, ésas son las cuestiones sobre las que debate mi mente: recibir con ánimo los rayos de Zeus; meter un caballo de madera en casa; tragarme la mierda que me cae del cielo como un regalo...
Al final del día descubres que lo que debes hacer no es meditar sobre si vas a cumplir con tu obligación, sino hacerlo y punto, ya que si no lo haces, te verás durmiendo bajo la tormenta, entre heces de animales y con un ejército de impresentables salidos de la nada que intentan devorar tu alma. Ése es mi consejo.

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