miércoles, 22 de diciembre de 2010

Un buen día

Ruge en mi mente el sonido del despertador, desvelando los entresijos de mis sueños más allá de lo que uno puede considerar aceptable. Despierta mi alma a mucho pesar, recobrando la vida una mañana más. La Luna se torna en Sol, las nubes en un blanquecino manto que augura la mezquindad. Trepan perezosos mis pantalones por las piernas; se desliza sinuosa la camiseta por el torso: ya no hay vuelta atrás. Envuelto en densos ropajes mi cuerpo se desplaza con pesados movimientos, buscando acabar con mi despertar y con el fin último de comenzar.
Salgo a golpes con las paredes de mi humilde morada; el frío cielo de diciembre promete complicar mi cruzada. Un pie tras otro mi alma surca las aceras hasta el vehículo que me transportará; con las legañas aún atrincheradas en mis ojos, pongo en marcha el motor: son las ocho de la mañana y ya ha comenzado el terror. La atestada jungla de asfalto reclama su infernal nombre entre bocinazos e improperios; el resto de bestias que pueblan mi camino se empeñan en denegar mi avance. A golpe de machete circulo entre los leones que rugen a mi paso; tras un largo intervalo temporal, llego a mi destino; ahora sí, ahora, ya, el día ha decidido comenzar.
Tres o cuatro intensas horas durante las que mis mentores se esmeran en recordarme que no dispongo de tiempo para descansar: "a partir de ahora tu vida nuestra será". Casi más adormilado que cuando saqué los pies de la cama, concluye mi aprendizaje inducido, dando paso al intervalo que corresponde a una pobre alimentación suministrada por la incompetencia de los carniceros. Sin embargo, no es oscuro todo lo que rodea a la primera mitad del día; un rayo de luz se cuela a través de mis ojos: las almas que contribuyen al asentamiento de la cordura, comparten con este maltrecho ente una comida peculiar.
Con el apetito saciado, nutro a mi cuerpo con cafeína suficiente para alimentar a de vidas un millar. La mente comienza a vislumbrar la claridad; en mi fuero interno se debate sobre el deber y la responsabilidad. La cómica y recurrente imagen de la conciencia dividida en dos seres, uno representando la decencia, otro la maldad, hace acto de presencia sobre mis hombros, enfrentándose ambos con el fin de dominar mi capacidad de decidir sobre qué acción acometer a continuación: volver a mi casa y olvidar el mundo, o ir a la biblioteca y dedicar el resto del día a estudiar. Finalmente vence, muy a pesar, la fuerza que me arrastra hasta una mesa sobre la que mis libros debo desplegar. Una dura tarde que avanza sin que mi ser se percate de la concepción temporal, contando con la suerte de la compañía de aquellos que compartieron conmigo la comida.
Llega la noche, y tras atravesar de nuevo el tortuoso camino plagado de bestias que se comunican a bocinazos e improperios, llego finalmente al hogar. El cuerpo rendido sobre el acolchado sofá que cobija mi cansancio, valorando la productividad del día que está a punto de acabar. No me malinterprete quién lea esta narración sobre mi cotidiano pesar, disfruto cada amanecer como si cerca se encontrase el final, y cuando fallece la luz del Sol, la sucesión de acontecimientos que concluyen con mi ser tumbado frente al televisor, comprendo que la vida merece ser vivida, apreciando cada detalle con un fuerte e intenso furor

martes, 13 de julio de 2010

Amar

Es un sueño; es un mito; es una esperanza; es el exilio.
Es un beso; es un cristal; es agua tibia; es soñar.
Es volar; es danzar; es cantar; es chapotear.
Es reír; es imaginar; es no pensar; es rezar.
Es un alba; es un atardecer; es un campo de flores; ¿es de verdad?

Es un paréntesis; es un libro sin acabar; es una historia de la que se espera la ausencia de un final. Es un torrente de emociones, de mariposas vagando sin rumbo por dentro del alma. Una lluvia de sensaciones carentes de razón, sólo guiadas por la música de un solitario trovador. Una mañana de festivo, una carrera singular. Un poema sin palabras, de rimas pegajosas y métrica irregular.

Una piedra preciosa que acaba de naufragar, buscando a un semejante que le pueda consolar. La unión de las dos partes de un corazón roto que han conseguido encajar, vivirán ligadas por la fuerza de la eternidad. Un susurro al oído que recita los cánticos de victoria que uno desea escuchar. La felicidad extrema en estado de rotundidad.

Una bella ilusión que endulza nuestros labios; una idea en la mente de la que no nos podemos despegar. Las manos entrelazadas en una danza de ensueño, los labios enzarzados en una lucha en la que no existe rival. Los cuerpos enredados en posiciones inimaginables, la pasión desenfrenada por llegar hasta el final.

Un sinfín de palabras; de frases un millar. Una sentencia tras otra hasta el infinito y más allá; todo un libro de incontables tomos para describir lo que este sentimiento quiere significar. Ni una imagen por valor superior a mil palabras dice tanto como cuando una persona entona el verbo amar.

jueves, 8 de julio de 2010

La oscuridad avanza

Se postula negativo el balance entre lo claro y lo oscuro en el devenir del alma; los creadores del pensamiento se revuelven en su tumba al notar la ausencia de su creación en la mente de aquellos cuya mirada se ha perdido. Los relámpagos rompen con contundencia contra el agujero de los sentidos, mellando aún más las carentes ansias de encontrar un camino.
Se vislumbra oscura la claridad del hombre, siendo ésta su única respuesta. Los que ejercían la razón han huido por miedo a las represalias del sinsentido, ocultando su aura en un cajón, cerca del olvido. La tormenta no solo no amaina, sino que cobra cada vez más fuerza en el seno de la desesperación. El caos supera al orden a la velocidad de la luz; ya el fin es imparable y cada vez más cercano, cada vez más rápido, superando los límites de lo indebido y con los cánones de lo decente abandonados.
El mundo se desliza por las paredes de un embudo, acelerando su marcha a cada segundo; al final del canuto está la nada, aguardando con una sonrisa esmerada, sus fauces de locura en babas inundadas, los ojos sin mirada, saboreando su estimada llegada.
La oscuridad en plenitud será el desenlace de tan largo viaje, ya nada detendrá a las almas en su camino hacia el final; sólo aquellos que por el camino hayan perecido salvarán su mente de ser violada hasta la saciedad.

viernes, 2 de julio de 2010

El tiempo no se mueve hacia atrás

La transición al olvido, al vacío. Profundo es el abismo que alberga la pasión, rebuscando en sus entrañas no se encuentra más que los resquicios de un sueño perdido, de un monstruo grotesco y empedernido en su misión de recaudar los motivos que mueven los sentidos. Un sinfín de mareas quebrando sus sinuosas corrientes en el dique que plantamos entre nosotros y el infinito, destruyendo la oportunidad de volver a nadar sin mover los brazos, dejándonos llevar por el ritmo del corazón de Poseidón, acelerado en ocasiones por de Afrodita las irreverentes insinuaciones, ralentizado en otras por el peso del dolor.
Es oscuro pensar en lo que hemos vivido y desear volver atrás. El tiempo avanza hacia delante, dudo ser el único que únicamente lo ha experimentado; de nada sirve caminar en sentido contrario a las agujas del reloj, tropezando con cada piedra que nuestra nuca no nos permite ver. Quemar los recuerdos que no provocan la sonrisa del alma, guardar los que nos animan a andar, sin echarlos en falta; quizás, puede que intentar reproducirlos de nuevo.
La dulce damisela se aventura a atravesar la calle oscura, bajo la sombría y tenue luz de la sombra, sin conocer el futuro que le aguarda tras su primer paso hacia tal rotundo agujero. Su valentía se palpaba en su aura, se podía oler a diez metros de distancia; mas en ocasiones no es suficiente con ser valiente, pues es necesario poseer la fuerza que permita vencer la locura con que nos castiga la mente cada vez que movemos hacia atrás un pie. Dobló la esquina, el cielo se tornaba cada vez en algo más sucio y carente de esperanzas; las paredes se cernían sobre su ser, encogiendo su corazón; la bravura que un paso atrás le invadió, ahora huía despavorida hacia un lugar seguro, mas ella decidió continuar, con las manos plegadas sobre su pecho, la mirada atenta a cualquier sonido venidero, desenvainando su esfuerzo a cada segundo que su destino se enrollaba en torno a su alma. Sus piernas le traicionan, su cuerpo se engarrota ante la inminente sacudida de la realidad: no estaba preparada para andar. La nostalgia por redescubrir lo perdido le movía hacia el final de su entierro, mas no se detuvo un momento, luchó por continuar en su camino, desechó la idea de retroceder, repudiaba el pensamiento de volver a pisar en su huella, pues, según decían las palabras en su mente "el tiempo no se mueve hacia atrás".
Jamás se vio a la dulce damisela salir del callejón oscuro que le había atrapado, sólo sus sutiles gemidos se podían vislumbrar al final del camino, los cuáles recordaban que es necesario pensar antes de andar, pero andar siempre hacia adelante, nunca hacia atrás.

El resurgir de un nuevo día

El resurgir de un nuevo día,
de las noches no dormidas la tenue fantasía.
Expectante en la terraza contemplando el cielo estrellado,
la cama que a las almas cobija: fría, vacía.

Un hueco mundo listo para rebosar,
vagando por el universo sin plaza, sin lugar.
Eufóricas horas de desenfreno,
largos momentos de letargo sin sueños.

Toda una explanada de flores marchitas,
alcobas ausentes, habitaciones sombrías.
Una imagen en la mente, efímera y excitante,
resultado de los días como tierno amante.

Sueños perseguidos eternamente,
huyen de su morada por un miedo inherente.
Colmados vasos por gotas informes,
estúpidas sonrisas de verano en la noche.

Un revuelo extravagante y psicótico,
dulces besos de ideas delirantes.
Irreverentes en el espejo los andares,
tumultuosos en el pecho los sonidos.

Cercano el final, así como el principio;
culmina este viaje fulminante,
con el susurro de la brisa,
y el repiqueteo de las palabras de ayer, de antes.