lunes, 27 de julio de 2009

La gran batalla de todos los tiempos


La sangre hierve en las venas, la euforia se despierta en sus entrañas; una tormenta devastadora amanece en el interior de su ser, peleando por salir a la luz a cada segundo que permanece despierto. La belleza de un mundo visto desde los nuevos ojos que la vida le ha brindado, la sensación de un ser superior, una deidad enjaulada en un cuerpo material que destruye los barrotes que le separan de la gloria a cada paso que avanza. Una bestia de afilados colmillos y estridentes garras que se desboca por rasgar el lienzo del tiempo para atravesar el manto que lo separa de la libertad, ese manto que envuelve todo lo grande y bello, el manto de las ideas, que arropará su fuerza, que calmaría su fuego.
El lobo daba vueltas alrededor del chico, intentado oler su miedo, mas éste no existía, se había disipado cual rayo en el cielo, en un instante, migró a donde los ojos no alcanzaban a verlo. Y allí estaba él, ante aquella bestia de desgarradas intenciones, con las fauces inundadas en hedor, mirándole fijamente mientras el chico con sus ojos le retaba. Así, comenzó la batalla. Una insensante lluvia de audaces movimientos, un golpe en el hocico, un zarpazo en la espalda que reventaban las esperanzas de aguantar otra acometida, pero la soportaba y volvía a la carga. Su pétreo brazo ondeaba la lanza, mientras su punzante mirada se clavaba en el cuerpo del enemigo, augurando el duro golpe que su alma ya casi sentía. Lo asestó con odio, con rabia, con el sentimiento que surge cuando uno consigue vencer el miedo que le aterraba; su rostro mostraba el placer de sacarse un puñal de la espalda para ensartarlo al enemigo en su más honda y derruida alma, ahora, en breve, nos más que una triste ánima.
El fuego crece en su interior; sus ojos se tornan en llamas; su aliento, oscuro y hediondo, exhala un feroz grito que provoca el estremecimiento de la noche que les arropa. Los árboles, mecidos por el viento, golpean el cielo, que deja caer los rayos cuyo fin es alimentar la furia del valiente muchacho que lucha contra su bestia. El Sol y La Luna intercambiaron varias veces su puesto mientras estos dos seres mantenían su encarnizada batalla; no había lugar para las lágrimas, ni para la desesperanza; no había lugar para la huída, ni para la claudicación; no había lugar siquiera para mirar hacia otro lado durante un instante, los ojos del uno clavados en los del otro pretendían conocer los pensamientos de su adversario. Cual enamorados que se rodean con sus brazos, el chico y el lobo consumían sus últimas fuerzas en derribar al oponente, mas no existía el amor en aquel claro, solo el odio y la sed de sangre. Un último acopio de vida hecho por el joven que una fría noche decidió cazar a su bestia, le brindó la oportunidad de asestar aquel golpe final que le daría la victoria. Escupiendo fuego en los ojos de la bestia, consiguió dejarla ciega, pudiendo separarse de sus garras lo suficiente para tomar en su mano una piedra afilada; con el alma mellada, la cara ensangrentada, la mitad de sus dientes perdidos en la batalla y la piel rasgada, alzó hacia el cielo su puño y lo dejó caer sobre la cabeza del lobo.
Un aullido rompió el silencio del bosque; un aullido que bien podría haber sido emitido por el diablo desde el infierno, rasgó la noche cual cuchillo sobre un lienzo, quebrando la paz de los árboles que seguían golpeando al cielo. Nada en aquel paraje se mantuvo ajeno a la gran batalla de todos los tiempos: el niño que nació queriendo ser un hombre; el niñó que creció queriendo llegar lejos; el niño que, para continuar su camino, se vio obligado a desenfudar todas sus armas y vencer su miedo; el niño que, haciendo acopio de todo su valor, mató a su bestia sin la ayuda de nadie más que su fuerza; aquel joven lo consiguió.